"volare"



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"Cuento de navidad"





"AMOR PURO AMOR"

miércoles, 6 de abril de 2011

"EL RATONCITO QUE QUERÍA SER AVE"

Cuentan algunas leyendas de los Texatecas sobre las creaciones de Bumbarra, el dios de los animales. Esta curiosa tribu que vivió antes de la colonización en América Central, contaba que hubo una vez un ratoncito que siempre se subía a los árboles y se tiraba desde lo más alto con la intención de volar.

Este animalillo tan particular se pasaba los días mirando a las hermosas aves del lugar y soñaba con tener plumajes tan coloridos como los de ellas. Una tarde en que estaba comiendo sus frutas preferidas, un bello pájaro se posó cerca de él. El roedor le preguntó: “¿Es fácil volar?”.

El ave lo miró con soberbia y le dijo: “claro que es fácil. Solamente tienes que tener hermosas alas como las mías.” – ¿Yo podría llegar a volar?- le preguntó el ratón con entusiasmo. El ave lanzó una carcajada y luego le dijo: “jamás lo harás sin plumas. Ningún animal puede volar sin ellas.” – ¿Al menos podrías enseñarme los movimientos para volar?- le pidió algo tímido el ratón. – No tengo tiempo que perder, y menos con tonterías.- dijo el ave y se fue de allí. El ratón quedó muy dolido por las palabras del plumífero. Algunos animales que estaban cerca y escucharon la conversación se rieron del roedor. Un mono que estaba colgado de una liana lo aplaudió con sus pies en forma burlona. Esa misma noche, mientras todos dormían, se escuchó moverse las ramas de un árbol. Los pájaros no podían ser porque estaba soñando en sus nidos. Las serpientes no andaban a esa hora porque se encontraban descansando en sus casas. Fue entonces cuando la luna iluminó al ratón que intentaba subirse a la rama más alta, del árbol más alto del bosque para lanzarse e intentar, de esa forma, demostrarle al ave que se equivocaba.

Quiso hacerlo de noche para que nadie pudiera burlarse si fallaba, pero su corazoncito le decía que tendría éxito. Él intentaría volar y lo lograría. Con gran esfuerzo llegó a la cima. En la última rama temblorosa se ubicó. Abrió ampliamente sus patas delanteras y dio un gran salto.

Lo que no midió antes fue la distancia y la cantidad de ramas peligrosas que tenía aquel árbol. El ratón se golpeó en todas partes del cuerpo, pero donde más se lastimó fue en sus ojos y orejas. No cayó al suelo, sino que quedó enganchado, boca a bajo en una de las ramas más cercanas al piso. Sus lágrimas de dolor y frustración se mezclaron con sus gritos que decían: “¡Yo deseo con todo mi corazón volar! ¡Quiero volar!”

Las palabras llegaron hasta los oídos del dios Bumbarra, y éste bajando de los cielos lo salva del árbol y le dijo: “Veo que tienes muchas ganas de tener alas, mi pequeño amigo. Tus ojos están dañados, a penas puedes ver. Pero te compensaré dándote el poder de ver en la oscuridad a través de sonidos. Además te daré lo que tanto anhelas: un par de alas.”

Y con magia tejió unas membranas para que pudiera andar por los cielos. “Serás la envidia de todas las aves, porque a pesar de no tener bellas plumas, tú serás el primer mamífero capaz de volar sin necesidad de ellas.” El dios Bumbarra terminó de curar al malherido ratón y lo transformó en el animalito que hoy en día conocemos como murciélago.

"EL PAÑUELO DE COLOR NARANJA"


Fina tenía un pañuelo color naranja Todos los días, Fina lavaba su pañuelo color naranja con agua y jabón y lo colgaba en la soga para que se secara.

Un día, el viento se levantó muy temprano y cuando el viento se levanta muy temprano, tiene tiempo para correr y jugar. El viento vio el pañuelo de Fina colgado en la soga; entonces lo descolgó y se lo llevó.

El pañuelo en el viento ya no era un pañuelo color naranja, era un pájaro color naranja que volaba y volaba. El pájaro color naranja se posó en la rama de un árbol y empezó a cantar. El pájaro en la rama ya no era un pájaro color naranja, era una naranjita dulce y madura.

Entonces, cuando Fina vio la naranjita en la rama, se puso a cantar una canción de cuna que su mamá le cantaba cuando era pequeñita.

"Naranjita dulce mi botón de azahar despierte que es hora de ir a jugar." La naranjita dulce cayó sobre el campo verde.

La naranjita en el campo ya no era una naranjita, era una flor color naranja. Era la flor del azafrán, que crecía como una estrella en el suelo.

La flor en el suelo ya no era una flor color naranja, era un pañuelo color naranja, el mismo pañuelo que Fina lavaba todos los días con agua y jabón y colgaba en la soga para que se secara.

Si usted encuentra a Fina paseando por el campo, avísenle que su pañuelo color naranja ya no lo tiene el viento; está dobladito y planchando adentro de este cuento que yo les he contado.

martes, 5 de abril de 2011

"EL HUEVO MÁS BONITO"

Había una vez tres gallinas que se llamaban Petipuá, Polipasta y Pulchinela. Siempre estaban discutiendo entre ellas sobre cual de las tres era la más bella.

Petipuá poseía el más hermoso plumaje, Polipasta tenía las patas más bonitas y Pulchinela lucía la más preciosa de las crestas.

Como no lograban ponerse de acuerdo decidieron ir a pedir consejo al rey."La belleza depende de valores internos" dijo el rey. "La que ponga el huevo más bonito será la triunfadora, y será mi princesa". El rey salió al jardín y todas las gallinas de su reino le siguieron.

Petipuá empezó a cacarear la primera. Se acurrucó cuidadosamente con su hermoso plumaje sobre la hierba húmeda. Al cabo de poco tiempo volvió a levantarse y se colocó a un lado. Todos se quedaron sin habla. No habían visto nada semejante en su vida. Ante ellos se veía un huevo de gallina blanco como la nieve, inmaculado, sin defecto alguno, con una cáscara como el mármol pulimentado. ¡Más perfecto no es posible! exclamó el rey. Y todas las gallinas, todas, asintieron.

Cuando Polipasta empezó a cacarear, se compadecían de ella. Un huevo más perfecto que el de Petipuá no se podía poner, era imposible.

De pronto el rey batió palmas estrepitosamente de tanta alegría: ante él se alzaba un huevo de gallina tan grande y pesado que incluso hubiera causado la envidia de un avestruz. ¡Más grande no es posible! exclamó el rey. Y todas las gallinas, todas, asintieron.

Mientras estaban aún asintiendo, se acurrucó Pulchinela. La compadecieron mucho, puesto que no se podía poner ya ni un huevo tan perfecto ni un huevo tan grande. Era imposible.

Pulchinela apenas cacareo. Se sentó allí delante, toda modesta con la mirada baja. Era su estilo.
Después de un rato se levantó. Ante el público había un huevo de gallina del que se oirá hablar dentro de cien años: ¡un huevo cúbico!. Los bordes eran ¡rectos! como si se hubieran trazado con regla, y en cada cara resplandecía un color diferente. ¡Más fantástico no es posible! exclamó el rey.
Y todas las gallinas, todas, asintieron. Era imposible decir que huevo era el más bonito. Tampoco el rey lo sabía. Así es que decidió que las tres, Petipuá, Polipasta y Pulchinela fueran sus princesas. Y si no han fallecido aun lo siguen siendo hoy en día.

"EL HADA DE LOS MILAGROS"

En un precioso y frondoso árbol nació un alegre y risueño gusanito llamado Nano. Un habitante que dio mucho de que hablar en el bosque. Es que desde que nació, Nano siempre se ha portado distinto de los demás gusanos. Caminaba más despacio que una tortuga, tropezaba en casi todas las piedras que encontraba por delante, y cuando intentaba cambiar de hojas... ¡qué desastre! siempre se caía. Por esa razón, la colonia de los gusanos le llamaba de gusanito torpecillo.

A pesar de las burlas de sus compañeros, Nano mantenía siempre su buen humor. Y se divertía mucho con su torpeza. Pero un día, llegado el otoño, mientras Nano se daba un paseo por los alrededores, una gran nube cubrió rápidamente todo el cielo, y una gran tormenta se cayó. Nano, que no tubo tiempo de llegar a su casa, intentó abrigarse en una hoja, pero de ella se resbaló y acabó cayéndose al suelo, haciéndose mucho daño. Había roto una de sus patitas, y se había quedado cojo. Pobre gusanito torpecillo y cojo. Agarrado a una hoja, Nano empezó a llorar. Es que ya no podía jugar, ni irse de paseo, ni caminar.

Pero, una noche, cuando Nano estaba casi dormido, una pequeña luz empezó a volar a su alrededor. Primero, pensó que sería una luciérnaga, pero la luz empezó a crecer y a crecer y de repente, se transformó en un hada vestida de color verde. Nano, asustado, le preguntó:
- Quién eres tú?

Y le dijo la mujer:
- Soy un hada y me llamo naturaleza.

- Y porque estas aquí? Preguntó Nano.

- He venido para decirte que cuándo llegue la primavera, ocurrirá un milagro que te hará sentir la criatura más feliz y libre del mundo. Explicó el hada.

- Y ¿qué es un milagro? Continuó Nano.

- Un milagro es algo ¡extraordinario, estupendo, magnífico! Explicó el hada y, enseguida desapareció.

El tiempo pasó y llegó el invierno. Pero Nano no ha dejado de pensar en lo que había dicho el hada. Ansioso por la llegada de la primavera, Nano contaba los días, y así se olvidaba de su problemita. Con el frío, todos los gusanos empezaron, con un hilillo de seda que salía de sus bocas, a tejer el hilo alrededor de su cuerpo hasta formar un capullo, o sea, una casita en la que estarían encerrados y abrigados del frío, durante parte del invierno.

Al cabo de algún tiempo, había llegado la primavera. El bosque se vistió de verde, las plantas de flores, y finalmente ocurrió lo que el hada había prometido ¡El gran milagro!

Después de haber estado dormido en su capullo durante todo el invierno, Nano se despertó. Con el calor que hacía, el capullo se derritió y Nano finalmente pudo conocer el milagro. Nano no solo se dio cuenta de que caminaba bien, sino que también tenía unas alas multicolores que se movían y le hacían volar, es que Nano había dejado de ser gusano y se había convertido en una mariposa feliz, y que ya no cojeaba.

"EL DULCE CANTO"

Había una vez un rey ciego, quien tenía tres hijos. Muchos médicos lo vieron y muchas promesas llevaban hechas a la reina y sus hijos, pero los ojos no daban trazas de ver.

Había una viejecita curandera que era bruja y tenía fama porque había hecho algunas curaciones que los doctores no habían conseguido. Por si acaso, la hicieron venir al palacio, y ella dijo que buscaran el Pájaro Dulce Encanto y le pasaran la cola al rey por los ojos: que este pájaro estaba en poder del rey de un país muy lejano; eso sí, que se la pasara el mismo que lograra apoderarse del pájaro.

Los tres hijos del rey se dispusieron a ir tras la medicina, y el rey prometió que el trono sería para aquel que la trajera.

Los tres partieron el mismo día: el mayor por la mañana, el siguiente a medio día y el menor por la tarde, cada uno en un buen caballo y bien provistos de dinero.

Al salir el mayor de la ciudad, vio un grupo de gente a la entrada de una iglesia -- "¿Y a dónde vas Vicente--? Al ruido de la gente-- se acercó a ver qué era, y se encontró con un muerto tirado en las gradas y uno de los del grupo le contó que lo habían dejado allí porque no tenían con qué enterrarlo, y que el padre no quería cantarle unos responsos si no había quien le pagara.

--¡A mí qué...! dijo el príncipe, y siguió su camino.

A medio día, cuando pasó el otro, vio a la entrada de la iglesia al pobre difunto que todavía no había hallado quien lo enterrara. --Eso a mí no me va ni me viene-- dijo el príncipe y siguió su camino. Cuando el menor pasó en la tarde, todavía estaba allí el cadáver, medio hediondo ya, y las gentes que miraban tenían que estar espantando los perros y los zopilotes que querían acercarse a hacer una fiesta con el muerto.
Al príncipe se le movió el corazón y pagó para que fueran a comprar un buen ataúd y él en persona buscó al padre para que le cantara los responsos; fue a ayudar a abrir la sepultura y no siguió su camino sino hasta que dejó al otro tranquilo bajo tierra. A poco andar, le cogió la noche en un lugar despoblado.
De repente vio desprenderse de una cerca una luz del tamaño de una naranja, que se fue yendo a encontrarlo y que por fin se le puso al frente. Al príncipe se le pararon todos los pelos y preguntó más muerto que vivo:
--De parte de Dios todopoderoso, dí, ¿quién eres?

Y una voz que parecía salir de un jucó, le respondió:
--Soy el alma de aquel que hoy enterraste y que viene a ayudarte. No tengas miedo, yo te llevaré adonde está el Pájaro Dulce Encanto. No tienes más que ir siguiéndome. Eso sí, no puedes caminar de día.

Al joven se le fue volviendo el alma al cuerpo y siguió a la luz. Hizo como ella le dijo y descansaban de día. A los dos días ya no le tenía miedo y más bien deseaba que se le llegara la noche. Y a la semana ya eran muy buenos amigos.

Anda y anda, por fin llegaron al reino donde estaba el pájaro. La luz le dijo que a la media noche se fuera a pasear frente a los jardines del palacio y que se metiera en ellos por donde la viera brillar. Así lo hizo y a media noche entró a los jardines y echó a andar detrás de la luz, que lo pasó frente a los soldados dormidos y lo metió en el palacio sin que nadie lo sintiera. Llegaron por fin a un gran salón de cristal iluminado por una lámpara muy grande que era como ver la luna, todo adornado con grandes macetas de oro en que crecían rosales que daban rosas tintas, y el príncipe se quedó maravillado al ver los miles de rosas que se veían entre las hojas verdes. El suelo estaba alfombrado de rosas deshojadas y se sentía aquel aroma que despedían las flores que daban gusto, y en una jaula de alambres de oro en los que había ensartados rubíes del tamaño de una bellota de café, colgada del cielo raso, y muy alta, estaba el Pájaro Dulce Encanto, que era así como del tamaño de un yigüirro pero con la pluma blanca, con un copetico y las patas del color del coral. Cuando entró el príncipe, comenzó a cantar y el joven creía que entre las matas estaban escondidos músicos muy buenos que tocaban flautas y violines. Y así se hubiera quedado sin acordarse de más nada, si la luz no le hubiera llamado la atención:
--¿Idiai, hombre, ya olvidaste a lo que venías? A ver si vas al cuarto, que sigue, que es el comedor y te alcanzas cuanta mesa y silla encuentres.

Así lo hizo y cuando trajo todos los muebles que había, los fue colocando uno encima de otro para alcanzar al pájaro. Con mil y tantos trabajos, se fue encaramando por aquella especie de escalera y ya estaba estirando el brazo para coger la jaula, cuando todo se le vino abajo, haciendo por supuesto un gran escándalo. A la bulla, hasta el rey se levantó y corrió medio dormido a ver qué pasaba. Y van encontrando a mi señor debajo de todo, golpeado y hecho un ¡ay de mí! Lo sacaron y lo hicieron confesar por qué estaba allí. El rey lo mandó encalabozar y que lo tuvieran a pan y agua. Cuando estaba en el calabozo, se le apareció la luz y le aconsejó que no se afligiera.

A los días lo mandó a llamar el rey y le dijo que se le devolvería la libertad y le daría el Pájaro, si le conseguía un caballo que él quería mucho y que le había robado un gigante.

El príncipe le contestó que otro día le daría la respuesta. En la noche llegó la luz y le aconsejó que dijera que bueno.

Dicho y hecho, la luz lo guió hasta que llegaron al potrero en donde el gigante guardaba el caballo. Escondido entre una zanja, esperó que amaneciera. Apenas comenzaron las claras del día, salió el gigante del potrero caracoleando el caballo, que por cierto era el caballo más hermoso del mundo: negro, como de raso, con una estrella en la frente y con las patas blancas.

Ya la luz le había aconsejado que apenas los viera salir, entrara al potrero y subiera a un palo de mango muy coposo que había en el centro; que esperara allí hasta que regresara el gigante en la noche, y cuando éste tuviera los ojos cerrados no se fiara porque no estaba dormido, sino cuando los tuviera de par en par y que entonces debería aprovechar para robar el caballo.

Además le contó que el caballo tenía en la paletilla derecha una tuerca y que le diera vueltas a esa tuerca y que vería.

Pues bueno, en la noche volvió el gigante y seguramente venía muy cansado, porque no hizo más que medio amarrar el caballo del tronco del árbol, le aflojó la cincha y él se tiró a su lado. Comenzó a roncar, pero el príncipe se fijó en que tenía los ojos cerrados; poco a poco los ronquidos fueron más, más débiles, y el príncipe vio que tenía un ojo cerrado y otro abierto; por fin cesaron los ronquidos y el gigante tenía los ojos de par en par, unos ojos más grandes que las ruedas de una carreta. Poquito a poco se fue bajando y desamarró el caballo. Pero este animal hablaba como un cristiano y gritó:
--¡Amo, amo, que me roban!

De un brinco se levantó el gigante. El joven se quedó chiquito entre unas ramas.

El gigante miró por todos lados y gritó:
--¿Quién te roba? ¡Nadie te roba?

Luego se volvió a dejar caer y a poco abrió los ojos.
Vuelta otra vez a bajar poquito a poco. Puso una mano en la cabeza del caballo e intentó montar, pero el animal gritó otra vez:

--¡Amo, amo, que me roban!

De nuevo se recordó el gigante, pero no vio a nadie. Con cólera le contestó:

--¿Quién te roba? ¡Nadie te roba! ¡Si me vuelves a decir que te roban, te mato!

Así que el príncipe vio al gigante con los ojos abiertos, muy resuelto se acercó al caballo, que esta vez no chistó. Entonces lo montó, le apretó la tuerca y el caballo salió volando.

La luz había dicho al príncipe que antes de entrar en la ciudad volviera a apretar la tuerca para que el caballo descendiera, y que no se diera por entendido con el rey que sabía aquella cualidad de la bestia. Lo hizo así, y el rey lo recibió muy contento, pero el muy mala fe le dijo que todavía no le daría el Pájaro, si no cuando le trajera su hija, que había sido robada por el mismo gigante.

El joven no quiso contestar nada sino hasta que habló con la luz, quien le dijo que aceptara.

A la noche siguiente partieron y llegaron al palacio del gigante. La luz le aconsejó que llevara el caballo y que lo dejara amarrado entre un bosque cercano al palacio. El debería subir por una enredadera hasta una ventana iluminada, que era la ventana del comedor. A aquellas horas deberían estar cenando. Cuando viera que el gigante había bebido mucho vino y dejara caer la cabeza sobre la mesa, debía tirar unos terroncillos a la niña y le haría señas para que se acercara y lo siguiera.

Todo pasó dichosamente, porque el gigante se puso una buena juma y la princesa, que deseaba con toda su alma salir de las garras de aquel bruto, no dudó ni un minuto en seguir al joven que le pareció muy galán. Al príncipe también le pareció muy linda la niña y al punto se enamoró de ella. El caso es que los dos se gustaron.

Sin ninguna novedad llegaron al palacio, pero el rey, que era muy mala fe, le dijo que le pidiera cualquier otra cosa, pero que el Pájaro no se lo daba.

Entonces la luz le aconsejó que le pidiera que lo dejara dar tres vueltas por la plaza montado en el caballo, con la niña por delante y el Pájaro en su jaula en una mano. El rey convino, y para estar seguro, puso soldados en todas las bocacalles que daban a la plaza. El príncipe salió muy honradamente, pero al ir a acabar la tercera, apretó la tuerca y el caballo salió por aires, y al poco rato desapareció entre las nubes. Por supuesto que el rey se quedó jalándose las mechas y diciendo que bien merecido se lo tenía por tonto. A él no le había pasado por la imaginación que el príncipe supiera lo de la tuerca.

Bueno, pues, el joven, al llegar a su país, apretó la tuerca, y el caballo bajó. Al pasar por una ciudad encontró a sus dos hermanos todos dados a la mala fortuna, que se habían engringolado en unas fiestas, se habían quedado sin un cinco y no sabían con qué cara llegar donde su padre.

Los dos hermanos sintieron una gran envidia por la suerte de su hermano menor que traía no sólo el Pájaro sino una linda princesa y un caballo maravilloso.

El joven los invitó a volver con él, pero ellos se negaron. Eso sí, le rogaron que les aceptara el convite que le hacían de ir a almorzar en un lugar en las afueras de la población. El, sin malicia, aceptó en seguida. Ellos hicieron beber al príncipe y a la princesa una bebida que era un narcótico, y cuando estuvieron sin conocimiento, se llevaron al joven y lo echaron en un precipicio. Cuando la niña despertó, le dijeron que él se había ido a parrandear en unas fiestas que se celebraban en un pueblo vecino y que la había dejado abandonada. Pero que ellos no la desampararían y se la llevarían al palacio de su padre.

Volvieron a su casa y el rey y la reina se alegraron y ellos para que no supieran por qué el menor no aparecía, lo pusieron en mal, y les hicieron creer que ellos habían sido los de todo el trabajo y que la princesa era una niña loca que habían recogido en el camino. Pero no pudieron conseguir que el rey repartiera el reino entre los dos, porque le pasaron la cola del Pájaro Dulce Encanto y no surtió ningún efecto; el rey quedó tan ciego como antes.

Quiso Dios que la luz libró al joven de que no rodara entre el precipicio, sino que una rama lo agarró por el vestido y unos carreteros que pasaban lo oyeron gritar, se acercaron y lo ayudaron a salir de allí. Les dijo quién era y como se había hecho algunas heridas y no podía caminar ellos mismos lo llevaron al palacio del rey y a los cuatro días fueron llegando con él.

La princesa, que no había vuelto a hablar por la tristeza de la ausencia del joven, al verlo, se puso feliz y el Pájaro que no había vuelto a cantar, llenó el palacio con sus flautas y violines.

Pero el rey y la reina estaban muy enojados contra su hijo menor por los cuentos con que sus hermanos mayores habían venido, y no querían recibirlo. Él, entonces, contó lo que le había ocurrido; los carreteros atestiguaron; además, el joven para probar que era él quien había conseguido el Pájaro, lo cogió y pasó su cola por los ojos del rey, quien enseguida quedó con unos ojos tan buenos que le podían hacer frente a la luz del sol. Se conocieron las mentiras de los hermanos envidiosos, pero el príncipe que era un pan de Dios, no permitió que los castigaran, los abrazó y compartió el reino con ellos.
El se casó con la princesa, quien colgó de su ventana la jaula con el Pájaro Dulce Encanto, que diario tenía aquello hecho una retreta.

Cuando la luz vio feliz y tranquilo a su amigo, vino a decirle adiós: Mucho sintió el príncipe esta separación, pero la luz le dijo:

--Ya cumplí, ya te demostré mi gratitud. Adiós y ahora hasta que nos volvamos a ver en la otra vida.

Y así me meto por un huequito y me salgo por otro, para que ustedes me cuenten otro.

"MUÑECA DE TRAPO"



"Muñeca de trapo,

bella cuando era nueva

hoy tirada en un rincón

con lazos descoloridos

ojos de un triste mirar.


¿Quién en ese estado te dejo?

¿Quién tu belleza no supo valorar?

¿Quién te dejo tirada en un rincón?

¿Quién rompió tu corazón

muñeca de triste mirar?

Vestida de tul raído por el uso

mejillas coloradas,

aun estando abandonada

quizá por vergüenza

de estar botada en un rincón.

Ya tu dueña te dejo

por otra muñeca nueva

¿De qué sirve quejarse

del destino que te toco?

¿muñeca de triste mirar?.

Esa era la queja de una muñeca de trapo, cuando vio que su dueña la cambio por una muñeca nueva y la dejo en un desván, era una muñeca de ojos verdes y una mirada que destrozaba el corazón, tenia las trenzas desechas, el vestido sucio, descalza pero aun así conservaba su belleza. Pero pasado los años, cuando su dueña, que ya era toda una señorita, al limpiar el desván la encontró y recordó lo feliz que fue con aquella muñeca, dijo: ¡Así como yo fui feliz contigo, así que sea feliz otra niña!, la tomo entre sus manos , lavo a la muñeca, la peino y le puso lazos nuevos en sus trenzas, cambio el vestido viejo por otro nuevo y le puso zapatitos de gamuza. La llevo a un orfelinato para donarlo, pasado un tiempo en el cumpleaños de una niña abandonada, fue envuelta en papel de regalo, la muñeca quedo a oscuras hasta que escucho la voz de su nueva dueña, una niña inocente de cinco años, feliz de tener una muñeca de trapo, desde aquel día la muñeca de triste mirar, tenía el corazón contento porque aprendió que su destino era hacer feliz a las niñas sin importar que cuando crezcan la abandonen en un rincón.

Este cuento es mi aporte a la niñez espero que sea del gusto de ellos. No soy escritora pero es lo que me nace y lo pongo en estas lineas. (Ana Salazar)

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